Meritxell Bragulat Vallverdú

  • Artículo publicado en el libro Combatir la islamofobia: Una guía antirracista, (Coord. D Karvala, Icaria 2016)
  • Lo publicamos ante la necesidad de explicar los orígenes y la naturaleza de ISIS/Daesh, para poder responder mejor a la situación actual.

 

El 10 de junio de 2014 el mundo se despierta atónito ante la noticia de la conquista de Mosul por parte de Estado Islámico en Irak y en el levante (conocido bajo las siglas de ISIS, en inglés, o Daesh, en árabe) sin que el ejército iraquí opusiera resistencia. Al contrario; lejos de eso los soldados huyen despavoridos, dejando atrás sus armas y uniformes, para pasar desapercibidos y hacer más fácil su huida. Pero un acontecimiento aún más espectacular iba a sorprendernos el 29 de junio del mismo año, primer día del Ramadán, cuando Abou Bakr al Baghdadi, el líder de Estado Islámico en Irak y en el Levante, sale de su clandestinidad para proclamar el restablecimiento del califato bajo su autoridad.

El “califa Ibrahim” como se hace llamar, anuncia que su organización se llamará a partir de entonces “Estado Islámico” (Filiu 2014). Lo más espantoso estaba aún por llegar. Una maldita mañana de agosto, semanas después de la proclamación del nuevo “Estado islámico” (ISIS), llegaba a nuestras pantallas el vídeo de la puesta en escena macabra de la ejecución del periodista norteamericano James Foley, que moría decapitado ante los ojos de medio mundo, a manos de un ciudadano británico originario del este londinense, tras un largo secuestro en el feudo de ISIS en Raqqa (Siria). “De golpe, con esta muerte cometida en el desierto sirio, es como si tomáramos consciencia del reto puesto a la vez por Siria, Irak y ese grupo que se hacía llamar Estado Islámico”. Así es como lo cuenta Nicolas Hénin, periodista, amigo y compañero de celda de Foley, entre otros, en las cárceles de ISIS en Siria (Hénin 2015). Esta trágica muerte hace reaccionar a las cancillerías de occidente, vacilantes hasta ese momento respecto a la guerra en Siria, y desata los preparativos para un nueva “guerra contra el terrorismo” que no se hace esperar. El 23 de septiembre empieza la ofensiva en Siria de una nueva coalición contra ISIS, liderada por Estados Unidos y en la que, según informan, participan alrededor de cuarenta países con distintos grados de implicación.

Pero ISIS —fruto de la intervención americana en Irak en 2003, de las vacilaciones internacionales en Siria, y también de la estrategia conducida por Arabia Saudí contra cualquier avance democrático de las “Primaveras árabes”— no nace con la conquista de Mosul en junio de 2014. De hecho ISIS venía extendiéndose por Siria e Irak desde hacía años con la complicidad del régimen sirio y el silencio de la comunidad internacional, y ya se vanagloriaba de sus exacciones en redes sociales y un su revista digital en inglés. Pero las víctimas degolladas eran árabes, sirias sobretodo. Y más grave aún, si cabe, es que ya a esas alturas las víctimas del régimen sirio de Bashar al Assad se podían contar por miles entre muertos bajo los bombardeos, desaparecidos, torturados y millones de desplazados, exiliados y refugiados en países vecinos. Numerosas organizaciones de derechos humanos tanto de Siria como internacionales —por ejemplo, Amnistía Internacional o Human Rights Watch— han documentado estas atrocidades, también las cometidas por los grupos opositores. Especialmente espeluznante es el informe publicado por la ONG Violation Documentation Center in Syria (VDC) en noviembre de 2013 sobre la tortura en dos centros de detención específicos, de los muchos que existen por cada una de las cuatro divisiones de servicios de seguridad que posee el régimen (VDC 2013). En relación a los crímenes cometidos por Estado Islámico, según el Observatorio sirio de los derechos humanos (OSHD) con sede en Londres, ISIS ha ejecutado a alrededor de 1.500 personas durante los cinco meses que han seguido al establecimiento del su califato. Entre ellas 900 civiles, 700 de los cuales miembros de la tribu Shaitat, y una sesentena de milicianos de Jabhat al Nosra. También han contabilizado unos quinientos soldados del régimen, muertos en combate o después de haber sido hechos prisioneros. Como dice Hénin: “No me propongo minimizar el alcance de estos crímenes. Al contrario, como víctima de Estado islámico, se me puede reconocer una legitimidad particular para denunciar su violencia. Pero, por seis rehenes ejecutados, ¿cuántos sirios, iraquíes, torturados o muertos? Esta violencia nos desborda. Sin duda, estamos presos por un reflejo de protección y rechazamos verlo. Pero no debemos ignorarlo. Tengamos al menos la decencia de comprender la repulsión de los sirios, que después de cerca de doscientos mil muertos, ven como Occidente sólo se ve sacudido por sus rehenes decapitados. Estos últimos eran mis amigos y yo acarreo con su duelo. Razón de más para que no pueda aceptar que su martirio sea instrumentalizado” (Hénin 2015).

No es de extrañar, pues, que esta concentración de esfuerzos militares de Estados Unidos y su coalición, contra ISIS y el Frente al-Nosra (la filial de Al Qaeda en Siria) sea percibida como una prueba de la convergencia de intereses entre Washington y Damasco. Que, además, no sólo provoca más muertes y violencia sino que es la respuesta esperada por los yihadistas, que ven así legitimadas sus acciones y su proyecto de “Estado islámico”, así como por el régimen de Assad, que se erige de nuevo como el único interlocutor válido y ve justificada ante occidente su particular “guerra contra el terrorismo”.

Ante un despropósito de tamaña envergadura y de incalculables consecuencias, parece oportuno intentar ver más allá e escudriñar en sus orígenes, en qué contexto se desarrolla y se expande desde Irak a Siria, dónde reside su fuerza y capacidades, y finalmente constatar que Estado islámico —y por extensión otros grupos “yihadistas”— poco tiene que ver con el Islam y mucho con la guerra, la injusticia social y la flagrante ausencia de democracia y libertad en lo que llamamos “Próximo Oriente”.

Debemos retroceder algunos años, y situarnos en 2003, en el Irak de después de la invasión estadounidense y en la historia de la resistencia iraquí a esta invasión, en donde antes de la amenaza de los EEUU no existía lo que llamamos “yihadismo”.

La política de ocupación americana en Irak después de su invasión en 2003 se cimienta, sobre todo, en dos decisiones del procónsul Paul Bremer que establecen el acta de nacimiento de la insurrección iraquí: la Executive Order 1 y la Executive Order 2 que tenían como objetivo la “desbaasificación” del país. La primera, impone la disolución del partido Baath que con Sadam Hussein a la cabeza, había gobernado con mano de hierro el país desde 1979, y la exclusión de la administración de todos sus miembros. Y la segunda, procede al desmantelamiento del ejército iraquí. Estas medidas perseguían remplazar en el aparato del Estado una nueva clase próxima a la nueva dirigencia, casi todos provenientes de la diáspora y fieles a los ocupantes. Al mismo tiempo, mandaba al paro a miles de funcionarios, soldados, policías y militares de todo rango, suníes gran parte de ellos. Pronto empiezan a producirse atentados y ataques reivindicados por Abou Moussad al-Zarqaoui, el jefe de la rama iraquí de al-Qaeda o del Ejército del Mahdi, el movimiento chií popular y radical de Muqtada al-Sadr. Todo ello provoca una violencia con visos de guerra civil, con una creciente fractura entre chiíes y suníes que va a traer nuevas medidas por parte de las fuerzas ocupantes para intentar reconducir la situación. La nueva estrategia contra la insurrección consiste en aumentar los efectivos de las tropas americanas, de un lado, y por otro llegar a acuerdos con las tribus locales, y financiarlas para que luchen contra al-Qaeda en lugar de hacerlo contra el ocupante (las llamadas “Sahwas”).[1] En ese momento había 150.000 soldados sólo en las provincias de Bagdad y al-Anbar. Paralelamente suspenden la depuración de antiguos miembros del Baath de la administración. Estas medidas surgen su efecto, sobre todo la alianza con las “Sahwas”, y consiguen debilitar la rama de al-Qaeda en Irak y estabilizar la situación. El ejército ocupante pretendía con todo ello cortar las estructuras de la insurrección, interponerse y eliminar las matanzas interconfesionales, para preparar el terreno de su retirada del país y dejarlo en manos de un gobierno y fuerzas de seguridad iraquíes.

La llegada al poder de Nouri al Maliki, en 2010, supone un recrudecimiento de las políticas autoritarias y sectarias y un relanzamiento de la “desbaasificación”. Rechaza compartir el poder, acaparando los ministerios de Defensa e Interior, y desmonta metódicamente las sahwas. Como una década antes con el desmantelamiento del ejército iraquí, la desmovilización de las sahwas agudiza la marginalización de la población suní, acrecienta su aislamiento político, y se ven tentados por la reanudación de la lucha armada y las prácticas mafiosas. Para llevarlo a cabo el nuevo gobierno se apoya en las nuevas fuerzas de seguridad iraquíes, que no son más que una amalgama de milicianos formada sobre bases confesionales o étnicas (la mayoría serán chiíes y kurdos) que reemplazan a las fuerzas de la “coalición” cuando éstas parten de Irak, deviniendo ocupantes de su propio país y haciendo gala de los mismos métodos y comportamientos que ellos.

Llegamos al 2011, el año del estallido de las “primaveras árabes” que de Túnez, pasando por Egipto y Siria, también llegan a Irak. En este país, también una nueva generación de iraquíes sale a las calles para reclamar reformas democráticas y liberarse del sectarismo religioso que impregna la política del país y exigen un Irak unido. El gobierno de Nouri al Maliki reacciona con despotismo y mano dura y con todo su arsenal de leyes antiterroristas procede a detener, encarcelar y condenar a muerte a todo aquel que se le oponga. A la vez, aumenta las restricciones a la libertad de prensa, sobre todo prohibiendo la libertad de movimientos por el país a la prensa extranjera, y dispersa a tiros a los manifestantes. En seguida la oposición se radicaliza, se arma y amenazan el poder incluso en Ramadi o Falluja. Además la población suní “confesionaliza” su protesta y denuncian el apoyo de Maliki a Bashar al Assad, en Siria, para reprimir a la oposición en nombre de la solidaridad chií.

Es en ese contexto que nace “Estado islámico” (primero de la transformación de “Estado Islámico de Irak”, nombre con el que se crea en 2006, y después de “Estado islámico de Irak y el Levante” que es como se conoce desde abril de 2013 cuando se expande a Siria) y se hace fuerte, liderado por un misterioso Abou Bakr al-Baghdadi, del que casi no se sabe nada, pero del que se sospecha que estuvo detenido en Camp Bucca, uno de los principales campos de detención estadounidenses situado en el desierto, en la frontera de Irak con Kuwait, entre 2004-5 y 2009. El acontecimiento que da una nueva dimensión a ISIS es la conquista de partes importantes de territorio iraquí, y la caída de Mosul en junio de 2014 trastorna al mundo entero. Mosul, antiguo feudo del partido Baath de Sadam Hussein, capital de una región rica en petróleo y muy cercana a Siria y Turquía, es una ciudad estratégica para aquellos que quieran debilitar al poder central y un buen laboratorio de experimentación para quienes se propongan controlar Bagdad. Pero la toma de Mosul tiene aún otra significación más inquietante, tal como sostiene Alani (2014). Y es que la amalgama que Nouri al Maliki solía hacer —al atribuir la insurrección a la colaboración entre “baazistas y miembros de Al-Qaeda”— se ha hecho realidad. Grupos insurgentes rivales y de ideologías opuestas ahora no sólo cooperan en Mosul sino también en toda la provincia de Nínive. Abu Imad, combatiente y miembro de una gran tribu con ramificaciones en Mosul y Tikrit y que estuvo presente cuando el ejército iraquí abandonó la ciudad, asegura que la toma de Mosul se llevó a cabo con miembros del antiguo ejército iraquí, el anterior a la ocupación. Además son numerosos los testimonios que aseguran que después de la conquista de la ciudad aparecieron retratos de Sadam Hussein y Ezzat Ibrahim al-Douri, uno de sus hombres de confianza y figura de la resistencia contra la ocupación estadounidense, por las calles de Mosul, al lado de las banderas negras, estandartes de ISIS.

Hasta aquí hemos visto que Estado islámico de Irak y del Levante, la organización que se transforma para convertirse en Estado islámico, se origina en Irak en los albores de la invasión y posterior ocupación estadounidense de Irak en 2003. Pero desde 2013 sabemos que está presente en Siria y que ha instalado ahí, en la ciudad de Raqqa, la capital de su “califato”. Se ha extendido mucho la creencia de que ISIS es un engendro financiado por Arabia Saudita, Qatar o Turquía. Sin negar su parte de responsabilidad en el aumento de la espiral de violencia en Siria y en el auge de grupos armados de carácter islamista o no —o en la represión de las organizaciones kurdas, en el caso de Turquía— en realidad quien más ha contribuido a la creación, expansión y fortalecimiento, directa e indirectamente, es el régimen sirio.

Durante el invierno del 2002-2003, Sadam Hussein, que ya veía inminente la invasión por parte de EEUU, hizo un llamamiento a todos los musulmanes del mundo para ir a defender a Irak de la invasión y para derrotar a los americanos. Y Assad, que en ese momento deseaba entorpecer los planes de Estados Unidos, decidió dejar pasar los combatientes por su territorio y facilitarles el paso hacia Irak. El flujo de combatientes en la zona continúa y aumenta después de la invasión, en marzo 2003, dibujando sobre el mapa lo que Nicolas Hénin califica como “Autopista de la yihad”, que coincide exactamente con los contornos de la zona de influencia actual de ISIS. Uno de los organizadores de este flujo era el jeque Mahmoud Abou Qaaqa, un joven imán de Alepo, que en una entrevista a una periodista americana un año antes de su asesinato y publicada en el medio digital libanés NOW declaraba: “Sí, nos gustaría ver un Estado Islámico en Siria, y es por lo que trabajamos. Nosotros apelamos a la unidad y a la comprensión, y el gobierno es parte en ello. Llamamos al gobierno y trabajamos con él con el fin de cooperar con este propósito”. Parece pues que la misión de Abou Qaaqa era identificar a potenciales yihadistas, confirmar su adhesión a la violencia y designarlos como candidatos. El régimen, por su parte, se quitaba de encima a jóvenes proclives a la violencia para impedirles actuar en Siria, y de paso contribuía a la desestabilización de su vecino Irak.

Cuando a mediados de 2011 el régimen sirio se da cuenta que la revuelta en su país no es pasajera y que goza de una envergadura y profundidad que no esperaba, empieza a favorecer a los radicales para enfrentarlos a la oposición democrática, desprestigiar la “revolución” y legitimar así su represión en nombre de la “lucha antiterrorista”. A partir del verano de 2011 se empieza a ver como personas que habían sido detenidas y encerradas en cárceles sirias, por su participación en actos “yihadistas” o por su militancia islamista, están de nuevo en la calle. La cifra pasa de un millar y algunos de estos presos liberados se han convertido en el estado mayor de los grupos islamistas más duros y violentos en Siria. Buena parte de ellos fueron liberados de la cárcel de Sednaya (a 50 km al norte de Damasco) que es una de las grandes prisiones políticas. El régimen presentó estas liberaciones como parte de una amnistía general, pero en realidad sólo liberó a aquellos presos que le interesaban y ninguno de ellos era uno de los muchos presos defensores de los derechos humanos y la democracia; éstos se quedaron pudriéndose en la cárcel. Algunos de los nombres más llamativos son, por ejemplo, el de Abou Mohammed al-Jolani, el emir de Jabhat al-Nosra, o Zahran Allouch, líder de uno de los grupos más poderosos en los alrededores de Damasco, Jaysh-al-Islam (Ejército del Islam) que murió el diciembre pasado víctima de un bombardeo, presumiblemente por parte de la aviación rusa. Este grupo es sospechoso de ser el responsable del secuestro de los cuatro activistas de derechos humanos conocidos como los “cuatro de Douma” de los que no se sabe nada desde que desaparecieron el 9 de diciembre de 2013.

Otro elemento que demuestra la coincidencia de intereses entre el régimen e ISIS es que el régimen prácticamente no ha bombardeado ni atacado a este grupo. ISIS tampoco se ha enfrentado directamente al régimen, salvo en contadas ocasiones. En lo que sí coinciden unos y otros es en atacar o bombardear a los grupos rebeldes y a la población civil, que a menudo se encuentra atrapada entre dos fuegos. El régimen se concentra en destruir a los que pueden representar legítimamente una alternativa política, es decir, a la oposición “moderada”. Mientras, ISIS se ha concentrado en atacar a los kurdos o a los “revolucionarios”. En la actualidad, prácticamente todo el territorio donde reina ISIS ha sido conquistado a otros grupos rebeldes como al Ejército Sirio Libre. Nos remitimos una vez más al testimonio de Hénin, cuando cuenta que estando en Raqqa en el mes de junio de 2013, pocas semanas después de que ISIS se hiciera con el control de la ciudad, no dejaba de sorprenderle ver como el régimen no paraba de lanzar barriles de TNT, casi a diario, sobre la población civil y por el contrario ninguno sobre los edificios donde ISIS había instalado sus cuarteles generales o edificios administrativos. Y la primera vez que fueron bombardeados fue ¡por los aviones de EEUU y no por los del régimen!

Asimismo Eckart Woertz, investigador del Cidob, afirma que tanto el régimen sirio como el iraquí mantienen relaciones comerciales y económicas con ISIS (El Punt Avui, 18/11/2015). De hecho el régimen sirio es el principal comprador del petróleo y de la electricidad generada en una de las presas que controlan, mientras que sigue pagando los sueldos de los funcionarios del régimen en las zonas ocupadas por ISIS. En cambio, en las zonas “liberadas” y bajo la autoridad de los grupos rebeldes la única presencia del Estado son los bombardeos con barriles repletos de explosivos y metralla o los ejércitos que asedian ciudades y pueblos, condenando a sus poblaciones a morir de hambre; ejemplos de ello son el campo de refugiados de Yarmouk en 2013 y la localidad de Madaya, cerca de la frontera con el Líbano, más recientemente.

Occidente, antes de buscar las raíces de la violencia en el islam, haría bien en hacer autocrítica de lo que ha sido su política de exteriores en los últimos veinte años, al menos. Una políticas, que poco difieren de un Estado al otro, cómplices con regímenes que ahogan las aspiraciones democráticas de sus pueblos, con quienes comparten numerosos intereses económicos y millonarios contratos comerciales, pero a quienes no cuestionan su carácter dictatorial ni su instrumentalización del sentido de pertenencia confesional. Regímenes que utilizan la religión en su beneficio, pero que no permiten la participación del islam político dentro de los cauces institucionales, condenándolo a la clandestinidad o a radicalización y militarización. Acordémonos del golpe de Estado en Argelia, en 1992; del bloqueo que padeció la Autoridad Nacional Palestina cuando Hamas ganó las elecciones en 2006 o más recientemente del golpe de Estado contra el gobierno de Mohamed Morsi y la persecución de los Hermanos Musulmanes en Egipto. Todo esto ante la indiferencia o la complicidad de Occidente. Israel y Siria como ejemplos de los casos más hirientes. Desgraciadamente, Occidente sigue infravalorando o menospreciando los fundamentos sociales y políticos como causas de la violencia, y en lugar de eso responsabiliza a la población musulmana europea tratando cualquier símbolo de la práctica cotidiana del islam como signo de radicalización. Favoreciendo el crecimiento de la islamofobia a través de la imposición de la política del miedo y la desconfianza. Y a través la humillación provocar el desconcierto, la frustración y el sentimiento de desarraigo entre la población de origen musulmán. Como muy bien dijo Marc Cher-Leparrain (2015): “Para combatir al yihadismo, menos bombas y más política”.


Nota

[1]    Romain Caillet explica el proceso con todo lujo de detalles en una entrevista para “Les clés du Moyen Orient” el 8/7/2014.

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